martes, 30 de septiembre de 2008

Un hombre y un destino

Hollywood es, quizá, el mejor de los ejemplos del siglo XX, donde glamour, talento, vanidad, arte y espectáculo se combina a modo de cocktelera. A lo largo de las décadas, la ciudad ha ido diseñándose a sí misma, elaborando en sus grandes estudios productos de usar y tirar, haciendo (muy malas y muy buenas) películas y perfilando estrellas exportables a todo el mundo conocido.
Fue en los años 50 cuando el cine norteamericano vivirá su llamada "edad de oro", gracias a un grupo numeroso de actores, directores, guionistas,... que configurarán un universo hedonista, mágico y tan atractivo que llega hasta nuestros días... son los inicios de la globalización. Esta "tierra prometida", "de las oportunidades" fue el objetivo marcado por Paul Lawrence Newman allá por 1954.
Este actractivo chico de Ohio, a los 29 años, era ya un padre de familia sin un futuro esclarecedor: expulsado de la facultad de Ciencias Económicas y asiduo jugador de rugby, mantenía vivo su entusiasmo por la interpretación (cualidad que descubrió en el teatro escolar). Entusiasmado con la esperanza de un futuro mejor, marchó con su familia a New York, ingresando en la mítica "Actor's Studio", cuna, entre otros, de los titanes Marlon Brando y James Dean, consiguiendo sus primeros papeles en Broadway. Aquí fue descubierto por uno de los productores de la Warner que le ofreció un contrato, marchando solo a Los Ángeles para la que sería su primera película "El cáliz de plata" (1954), pastiche bíblico que el mismo Newman pidió perdón de haber protagonizado. Este comienzo dubitativo se vio rápidamente favorecido por el destino: la muerte inesperada de Dean, en septiembre de 1955, dejaba en el aire el esperado rodaje de la película de Robert Wise "Marcado por el oido" que , finalmente, fue a parar a sus manos, siendo su primer éxito y el inicio de su ascenso meteórico.
Agraciado con un rostro idóneo para películas románticas, Newman deshechó los papeles de galán, alejándose de los estereotipos y buscó desde el comienzo proyectos que subrayarán su vis dramática. Así, en 1958 llega a estrenar 4 películas, tres de ellas claves en su filmografía: "La gata sobre el tejado de cinc", de M. Robson, le unió en matrimonio (agónico y mítico) con Lyz Taylor en la adaptación de la obra de Tennessee Williams; resultado: 1ª nominación al Oscar, aunque sin victoria. "El zurdo" supuso su descubrimiento en Europa, donde fue todo un triunfo; resultado: su nombre arrivó a los festivales de Cannes, Venecia y San Sebastián, donde su rostro de grandes ojos azules y hermosos rasgos será frecuente anualmente. Y "El largo y cálido verano", también basada en un libreto de Williams, fue su 1ª colaboración, de 6 en total con el director Martin Ritt, compartiendo cartel con Joanne Woodward, a la que había conocido en la Gran Manzana y que venía de Ganar el Oscar por "La tres caras de Eva"; resultado: Newman pondrá fin a 9 años de matrimonio con Jacqueline Witte y tres hijos en común, casándose con Woodward y estableciéndose en una granja de Connecticut donde formarán una familia, con tres hijas, alejada de las superficialidades de la meca del cine.
Ya en los 60, y convertido en una fulgurante celebridad, aunó proyectos comerciales ("Samantha", "Lady L",..), con superproducciones, como "Éxodo" (1960), de Otto Preminger, enfoscándose en su intención de engrosar su prestigio interpretativo en cintas como "El buscavidas" (1961) (2ª nominación), "Dulce pájaro de juventud" (1962) y "Hud" (1963) (3ª nominación), y buscando nuevos registros, lejos de convencionalismos, destacando "Harper, investigador privado" o, en menor medida, "Cortina rasgada", de A. Hitchcock, ambas de 1966.
"La leyenda del indomable" (1967) marca un hito en su carrera: es la 1ª película que rueda con su director, Stuart Roseberg, a la que seguirán otros 3 films ("Un hombre de hoy", 1970, "Los indeseables", 1972 y "Con el agua al cuello", 1975). La obra se convierte, rápidamente, en un referente del género carcelario, donde Newman ofrecía su mejor actuación hasta el momento y estuvo acariciando el Oscar con su 4ª nominación pero sin éxito, otra vez. A partir de ahora se arriesga aún más y lleva a cabo una nueva faceta, debutando como director con "Rachel, Rachel" (1968) a la que seguirán 5 títulos más: "Casta invencible" (1971), "Los efectos gamma sobre las margaritas" (1972) (considerada la mejor de su autoría), "La sombra" (1980), "Harry e hijo" (1984), de tintes auto-biográficos y "El zoo de cristal" (1987), todas protagonizadas por su esposa. Su carrera como actor la afianza, revisionando el wetern en "Dos hombres y un destino" (1969), que le unió al director G. Roy Hill y a Robert Redford, un rotundo bombazo que sobrepasaron con "El golpe" (1973), ganadora de 7 Oscar.
En la década de los 70, la estrella Newman decae, se deja llevar por el cine de catástrofe, en boga en ese momento ("Aerpuerto 70", "El coloso en llamas y "El día del fin del mundo") y en plena madurez, cuando el declive parece imparable, supo sorprender y demostrar de qué están hechas las estrellas en tres títulos memorables: "Ausencia de malicia" (1981), de S. Pollack, "Veredicto final" (1982), de S. Lumet, y "El color del dinero" (1986), de M. Scorsese: tres nominaciones, con merecida victoria en la 7ª, aún habiendo recibido el año anterior el Oscar Honorífico.
Los 90 fueron testigos de su vitalidad, elegancia ante la cámara y magistralidad: "Esperando a Mr. Bridge" (1992), de J. Ivory, "El gran salto", de R. Benton o "Ni un pelo de tonto" (1994), de los Coen (8ª nominación); firmando su testamento fílmico en "Camino a la perdición" (2002), de S. Mendes con su primera (y última) nominación como mejor actor de reparto.

Leyenda, dios, héroe y genio son los adjetivos que desde el pasado 26 de septiembre hemos escuchado para referirse a este hombre, adonis eterno, indispensable para el cine de la 2ª mitad del siglo XX y queda la huella del cine que fue, es y será para siempre.
Dedicado a Paul Newman.